Decidió desaprender Agronomía

De Ana Luz Solís

Azucena quiso olvidar lo aprendido en su carrera de Agronomía para vivir del campo en San Miguel de Allende

Azucena Cabrera es una chica de 29 años de edad que creció entre el campo. Hija de un agricultor, desde pequeña aprendió a amar la tierra y todo lo que ella nos regresa.

Es originaria de Salamanca y la carrera que decidió tomar la convirtió en toda una conocedora de procesos y tecnologías que ayudan a hacer más eficientes las tierras, a provocar que los frutos crezcan en menor tiempo y a atacar plagas con pesticidas tan fuertes que pueden salvar casi cualquier cosecha… con eso tuvo para sentirse decepcionada de cómo los humanos tratan al campo y desde hace 10 años, cualquiera que le pregunta qué fue lo que estudió ella dice segura: “desaprendí de la Agronomía”.

Egresada de la Universidad de Guanajuato, Azucena fue la única de su generación que en sus prácticas profesionales presentó un proyecto de cómo tratar la tierra de manera tradicional, con sistemas de riego que utilicen sólo el agua necesaria para hacer crecer cualquier producto.

Aprendió de compostas, de recolección de desechos para luego revolverlos en la tierra y prepararla para recibir las semillas criollas, esas que muchos productores tradicionales han defendido en México para evitar que alguno de los químicos “que reparte el gobierno” las toquen.

Cada mazorca de maíz blanco, diente de tejón, azul, cepalote, tigrillo o amarillo, cada semilla de girasol, aguacate, jamaica, lavanda, lenteja o frijol, la cuidan y vigilan para que al florear, cosechen un producto 100 por ciento natural, con todos y cada uno de los nutrientes con los que alguna vez se alimentaron los mexicanos de antaño.

Ella es la encargada del huerto educativo de Vía Orgánica, una organización en San Miguel de Allende que fue fundada hace 10 años por la mexicana Rosana Álvarez y por Rose Welch y Ronnie Cummins. Vía Orgánica tiene como objetivo llevar alimentos 100 por ciento naturales que crezcan con procesos ancestrales.

“Antes de terminar la carrera supe de este proyecto, por eso de Salamanca me moví a San Miguel donde conocí muchas personas que pensaban y sentían como yo. Siendo aún universitaria me vine a esta ciudad a aprender de técnicas para cuidar la tierra, de escuchar a los productores pequeños que dependen sólo del temporal para su siembra y que a pesar de las sequías o heladas, nunca desisten”.

Con ese afán de proteger la tierra trajeron a expertos de varias partes del mundo que enseñaron a agricultores, empresarios, familias y especialistas a conocer técnicas totalmente ancestrales que los llevó a crear su propio huerto, poner una tienda y un restaurante de alimentos naturales donde también ofertan los productos de las familias de varias comunidades.

“Es un ganar ganar para todos porque en la tienda hay de todo, desde frutas y hortalizas hasta quesos, postres, chocolate, mermelada, mole, tortillas, carne y pollo que se produce en los poblados, sin intermediarios… más natural no se puede”.

Hace tres meses, Azucena se convirtió en madre de Lucio, un bebé que lleva con ella a todas partes, en su rebozo “porque el campo es así de noble, deja que trabaje con él y lo alimente en cualquier parte, mientras cuidamos los cultivos de hortalizas y fruta que tenemos”.

Su carrera de Agronomía le ayudó a entender el comportamiento de la tierra y lo que puede ofrecer cuando se le trata bien, pero también del desgaste que siente cada vez que los químicos llegan a ella.

En el Rancho de Vía Orgánica no utilizan químicos y se producen suficientes alimentos para alimentar a quienes gustan de la comida sana y ecológica.

“Es sumar conciencias y poco a poco se está logrando. En el Rancho hemos tenido cerca de 3 mil visitas y podemos decir que un 70 por ciento de quienes se acercan a nosotros son estudiantes relacionados con alguna actividad del campo. Esa intención de volver a lo tradicional lo empezamos aquí, en San Miguel, así que esto se tiene que replicar y hacer que otra vez las fresas sepan a fresa y no a cajita de plástico acomodado en un gran refrigerador”.

Trabajo y semillas

Azucena es la encargada del huerto de Vía Orgánica, un proyecto que participa en campañas contra el hambre, la salud alimentaria y la colectividad del país, donde están contra de Monsanto y transgénicos y ofrecen alimentos y productos de más 120 del familias del campo.

“La idea es, además de llevar un alimento sano y nutritivo a casa, apoyar a los productores locales a través de un comercio justo y sin intermediarios”.

Reconoce que hoy los más beneficiados con el campo son aquellos que tienen cientos de hectáreas que utilizan grandes cantidades de agua para regar sus productos que luego son llevados a otros países. Muy poca de esa producción se queda para alimentar familias mexicanas, dice.

Ella tiene el amor al campo en la sangre, su papá en sus tierras salmantinas sigue trabajando las tierras y en él ha hecho conciencia por el medio ambiente.

“Al lado de las tierras pasa el río Temascatío y a la orilla sembró más de 2 mil árboles para recrear un día de campo y darle más oxígeno a una de las ciudades con mayores problemas en su aire”.

Azucena no utiliza mucho la palabra “orgánica” porque se convirtió en moda.

“Ahora la comida es orgánica, las pinturas orgánicas, el papel orgánico y hasta la forma de decorar y vestir también es orgánica. Esto no es una moda, es una real forma de vida”.

Cuando apenas tenía 20 años supo que de la Agronomía sólo tomaría lo esencial y aquellos datos que le ayudarían con lo que ella quería hacer, de todos esos conocimientos adquiridos sólo unos cuantos utiliza, los demás decidió desecharlos.

Asegura que se puede vivir de la forma tradicional, que producir la tierra desde lo más puro deja ganancias para las familias, además que fomenta la convivencia entre padres e hijos.

“Con eso la familia participa en el negocio, los padres no dejan sus casas en las comunidades para salir a cumplir horarios, sino que entre todos llevan las riendas de lo que saben hacer”.

Azucena, el pequeño Lucio y Alex, su pareja, viven de lo natural y está convencida de que su pequeño bebé seguirá sus pasos.

“Los niños saben que es hora de cuidar la tierra, pero hay que enseñarles cómo pueden protegerla”.

Su vida al natural dice, no la cambia por nada.

“Alguien tiene que empezar a luchar por una vida mejor, porque Lucio y los demás niños se lo merecen”.

Su llegada a la organización le ayudó a comprender el cambio y junto con los empresarios y su familia están poniendo su granito de arena, sus semillas criollas, los sistemas de riego que aprendieron a instalar y además ayudan a las familias del campo a tener su propia economía. Ella es una de las que dejará abierto el camino.

De aquellos que fueron sus compañeros de salón, la mayoría trabaja con productos y técnicas que aprendieron de la Agronomía.

“Yo por eso decidí desaprender. Me decían que estaba zafada porque de eso no iba a vivir y mírenme, aquí gozando del campo y todo lo que en él se produce, porque aunque no lo crean la tierra tiene memoria y si la tratas bien, ella te regresará el cumplido cuando levantes una gran y deliciosa cosecha”.