Las fiestas y los migrantes de Romita

Texto por Lucero Amador
Fotos: Enrique Luévano

Romita, Gto.- Todavía no se asoma el sol cuando las escandalosas trompetas son el primer indicio de que la fiesta ha comenzado.

Los tambores anuncian que los de la danza ya están puestos para comenzar la jornada y darle hasta que anochezca.

Las calles están jubilosas. Adornadas, bien barridas y a la gente se le ve otro semblante.

Son las fiestas guadalupanas de Romita, una temporada de júbilo para todos sus habitantes, no sólo por la festividad, la música, la comida y el bullicio, sino también porque son fechas en que los hijos ausentes, los que viven en el norte, llegan a disfrutar de lo que tanto añoran de su tierra.

“Vale la pena manejar 30 horas, esto hay que disfrutarlo”, dice Alejandro Méndez, quien tiene 20 años viviendo en el condado de Kings (California) en donde trabaja de chofer de un camión. “Trabajamos mucho todo el año, pero esto es lo que nos motiva, venir a las fiestas”.

Alejandro viajó por tierra, junto con su esposa Susana Juárez y sus tres hijos pequeños, que apenas y se dan cuenta de aquel gran festejo.

Todo el día se escucha ruido festivo por una calle y otra. Pero el ambiente se vuelve a encender, apenas el reloj marca las 6 de la tarde.

La calle Corona y la Carrillo Puerto, del Cuartel 3, se han lucido con el festejo. Un enorme escenario, repletito de flores, adornan la imagen de la Guadalupana.
Mientras que una banda de viento interpreta temas regionales, otra banda se prepara para entrar con Las Mañanitas a la Guadalupana.

Los vecinos salen de sus casas, los de otras calles llegan e incluso los de las rancherías que saben que a la hora que lleguen, segurito hay música y si les toca suerte, hasta la invitación de un cafecito o un trago.

Aquel ambiente contagia y se mezcla con una pasarela de antojitos a los que nadie se resiste. Los comerciantes parecen estar en pasarela. El aroma a la garbanza recién cosida o asada, luego llega el churrero, el de los tamales y luego pega grito el de los algodones de azúcar.

“Estas fiestas nos devuelven la felicidad”, comenta Toña Mata, que tiene su casa sobre la calle Corona. “Los días se pasan rápido y una parece estar de buen humor todo el tiempo”.

Aunque en este año no la visitaron sus familiares que viven en Estados Unidos, disfruta la presencia de quienes sí regresaron a Romita.

“Es que la felicidad también es para nosotros, porque nos da gusto verlos, que regresen. Que no se olviden de su tierra”, comenta Toña.

Alejandro y Susana recorren cada noche las calles donde se escucha la música. Ambos tienen familiares en Romita y no falta a quien saluden durante su paseo.

“Aquí nos juntamos todos, mi hermano Israel también vendrá de Kings, sólo que no alcanzará a disfrutar de las fiestas, pero aquí nos reecontramos muchos que vivimos por allá y es un gusto también verlos”, comenta.

Así está Romita, lleno de júbilo, de risas, cantos y un bullicio que se apaga hasta después de los Santos Reyes, cuando los migrantes han regresado a su arduo trabajo en el norte y los pobladores a la rutina del día a día, en la espera de que pase el tiempo para que vuelva la fiesta de la Guadalupana.