Los panecitos del Barrio Arriba

De Guanajuato Somos

Las penas con pan son menos. Así dice el dicho popular que cada 10 de septiembre se materializa en las calles del Barrio Arriba. Ahí se festeja a San Nicolás Tolentino, el sacerdote que, en sueños, aprendió a curar sus males con este alimento remojado en agua.

Guanajuato es rico en tradiciones y festividades, cada una con su sello particular: La Judea y la singularidad de sus máscaras, El Combate y el azaroso intercambio de rosas, El Carnaval y los misteriosos cascarones con confeti o harina, el Viernes de Dolores con sus nieves y aguas frescas cuando la Virgen ya lloró.

En León, siguen vigentes las fiestas patronales con calles en las que se funden aromas contrastantes de buñuelos, copal, pólvora y tacos de tripitas sancochadas o doraditas. No falta el fotollavero, los juegos mecánicos, los danzantes y el torito. La alegoría se complementa con puertas abiertas de par en par, cumbias en cada esquina, los troqueros, el mole y los mariachis.

Pero en la festividad de San Nicolás Tolentino engalana a todo lo anterior el ir y venir de canastos con conchas, orejas, donas, rebanadas, polvorones, elotitos, bigotes, chilindrinas y de más panes en miniatura. Por eso, también se le conoce como “la fiesta de los panecitos”, una tradición que prevalece a más de cien años de existencia.

No es que se trate de una ocurrencia de los vecinos de la zona, tampoco es el Santo Patrono de los panaderos, ése es San Honorato. La tradición que atiborra de colores, formas y sabor a la calle Aquiles Serdán y cercanas, tiene que ver con una visión en sueños de San Nicolás Tolentino.

La historia la cuenta doña Rosa, su familia ha mantenido viva la tradición desde hace decenas de años y este no fue la excepción.

Sentada y atenta a su puesto casi en la esquina de la calle Constancia, explica que, estando enfermo, el Santo al que rinden tributo, vio en sus sueños a la Virgen María, ella le ofreció pan remojado en agua y sus males desaparecieron. Y es desde entonces que la harina y la levadura son el elemento principal del festejo.

Además de las cumbias, los troqueros y el marichi, en la fiesta de San Nicolás Tolentino se convierte en melodía la lluvia de precios y ofertas: que si por un lado hay de a 4 por 10 pesos, en el otro todo cuesta un peso, en una esquina venden pays de a 6 y en la otra ya casi acaban y por eso cada pieza le vale 2 pesitos.

 

Ése día las muchachas visten sus mejores prendas y las más suertudas hasta estrenan, los muchachos transitan cual donjuanes en cacería y los mayores caminan tranquilos o disfrutan de la algarabía sentados en la puerta de sus hogares.
Pero no importa el género ni la edad, es común y bien visto llevar en mano una canasta cargada de panecitos para el niño, para la niña, para el novio o para la novia.

Doña Rosa continúa su relato y asegura que lo de los panes no quedó nada más en los sueños de San Nicolás de Tolentino: la tradición original no solo trataba de llenar los canastos con panes miniatura, sino que estos eran bendecidos para llevarlos a los enfermos y al igual que en la visión del santo, curarlos de sus males.

El escaparate del sabor en la Aquiles Serdán concluye con el aroma a panadería que se fusiona con el de las enchiladas, los sopes, las quesadillas en aceite, los pambazos, los tacos de tripa y demás antojitos que no pueden faltar en ninguna fiesta patronal.


Terminado el recorrido gastronómico, solo queda el olor a cuero de las curtidurías, pero no importa porque es El Barrio Arriba, la cuna de la industria leonesa y la sede oficial de la “fiesta de los panecitos”, conocida y adorada por los que De Guanajuato Somos.

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