Separados por la migración

Lucero Amador

Los Ángeles, CA.- El anhelo de vivir mejor tiene un costo alto para quienes buscan lograr ese sueño en otro país. Muchos inmigrantes jóvenes sin documentos, llegan con la motivación de trabajar duro, juntar dinero para construir su casa o la de sus padres, poner un negocio y regresar en dos o tres años a sus lugares de origen.

Pero en la mayoría de los casos se integran a engrosar la cifra de los 11 millones de  inmigrantes indocumentados aproximadamente en Estados Unidos. Sus vidas quedan atrapadas en esta nación que les da trabajo, estabilidad económica  aunque con una serie de limitaciones por no tener documentos que los legalice, pero les deja en un desequilibrio de emociones. Tienen a sus parejas, a sus hijos con ellos pero de igual manera terminan con el corazón roto y dividido por la frontera porque no están rodeados de sus padres, hermanos y sobrinos, ni con lo que un día les dio identidad. Hay quienes viven con remordimiento de no estar cerca de quienes les dieron la vida, a los que no han visto envejecer y con los que no están en sus momentos más amargos.

El programa Mineros de Plata, que este año puso en marcha el gobierno de Guanajuato a través del Instituto Estatal del Migrante Guanajuatense y sus Familias y con el impulso directo de dos clubes de migrantes los de Uriangato y el de Gente Bonita de Purísima y la Family Vega Foundation, consiste en reencontrar a inmigrantes indocumentados con sus padres a los que no ven desde hace más de diez años. El próximo domingo, 27 padres podrán abrazar a sus hijos. Conocer a las parejas con las que han formado un hogar, a los nietos y en algunos casos, a los biznietos.

Durante 30 días, podrán convivir con ellos y luego volver a sus municipios de origen. Pero después de ese reencuentro sólo la voluntad los distanciará, porque esos padres tendrán la oportunidad de volver a este país el tiempo que la ley se los permita con sus visas de turista.

Estas son historias de cuatro guanajuatenses que han vivido separados de sus padres desde que migraron y que el próximo domingo volverán a verlos después de más de una década.

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Beatriz

Desde hace tres semanas, hay noches en las que Beatriz Gutiérrez no puede dormir. La emoción la despierta y comienza a imaginar cómo será el momento cuando vuelva a ver sus padres. Han pasado poco más de diez años desde la última vez.

“Pienso cómo se verán cuando los tenga cerca, ¿cómo vamos a reaccionar?, nada más de contarle ahorita, me dan ganas de chillar otra vez, es que me los imagino de cómo los dejé y sé que no los veré igual”, relata la inmigrante, quien interrumpe su trabajo en los campos de Lompoc, una pequeña ciudad del condado de Santa Bárbara, a 234 kilómetros de Los Ángeles, donde se dedica a cortar flores.

Beatriz es originaria de Purísima, de la colonia Alameda, tenía casi un año de haberse casado con Luis y cuatro meses de embarazo cuando él decidió cruzar la frontera a Estados Unidos. Apenas dos meses después mandó por ella. “Mi esposo quería darnos mejor vida acá y yo asumí el riesgo de cruzarme con seis meses de embarazo”.

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Desde entonces ya no volvió a casa de sus padres en su querida Purísima.

“Tenemos una vida difícil acá y aunque tengo aquí a mi esposo y mis hijos, una queda incompleta porque a veces necesitas del apoyo, del amor, de los concejos de tus padres, de los hermanos y hasta de un tío, pero cuando no cuentas con nadie aquí, queda un hueco”, explica Beatriz vía telefónica, quien es madre de un niño de casi 9 y una niña de 4 años de edad.

A penas supo que a sus padres, Antonio Gutiérrez y María Trinidad Moreno, les habían aprobado la visa, su felicidad no ha tenido interrupción. Ya tiene todo listo para recibirlos. El cuarto de su hijo mayor –con quien cruzó la frontera en el vientre- será destinado temporalmente para los abuelos.
“Ya les compré sabanas y una colcha para su cama, toallas, champú, zapatos de descanso y unas cobijas bien calientitas porque aquí en Lompoc siempre hace frío, quiero que se sientan cómodos”, dice emocionada.
Beatriz se tomará unos días de vacaciones y dice que llevará a sus padres a recorrer los campos donde trabaja en Lompoc, donde hay sembradíos de diversas flores.
“Tenerlos aquí es una emoción que no se puede explicar, como tampoco hay las palabras para agradecerle al club la oportunidad que me han dado de tener a mis padres cerca”, concluye.

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José Alejandro

José Alejandro es el hijo ausente de Santiago Arellano y Josefina Ojeda. Tienen 17 años sin compartir en familia una comida o celebrar un cumpleaños. Nunca han abrazado a  su nuera, ni tampoco a sus tres nietos.

“Imagínese como me siento de emocionado después de tantos años, soy hijo único”, platica, José Alejandro.

Cuando cumplió 20 años quiso seguir su impulso y hacer lo que algunos de sus primos y vecinos en Valle de Santiago, venirse al norte.

“Estaba soltero, venía a la aventura, pues llegaban y contaban de la vida bonita del  gabacho y me vine a trabajar”, platica. “Venía solo por dos años y en ese tiempo hice mi casa allá pero ya no me regresé”.

Su estatus legal en este país y desde 2007 casado, luego convertido en padre, la posibilidad de regresar para ver a sus padres, iba disminuyendo con el paso del tiempo.

“Había momentos en que pensaba que no los volvería a ver”, relata. “Mi tía que forma parte del club (de Uriangato) me dijo que hiciera la solicitud para que a mis papás les tramitaran la visa, pero yo no le creí, pensé que se trataba de una broma, de un engaño. No me quería hacer una ilusión y luego nada, por eso al principio ni hice nada. Mi esposa fue la que me insistió y hasta me dijo: ‘si tu no los quieres que te vean, por lo menos que vean a tus hijos, que conozcan a sus abuelos”.

En la casa de los Arellano ya está todo lo listo para darle la bienvenida a los abuelos y a José Alejandro, dice, una semana de espera le parece larga.

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Gaby

El día que Gaby recibió la llamada de su mamá, desde Guanajuato, para decirle que sí le habían autorizado la visa. Estalló de felicidad.

“Grité, lloré y brinqué de emoción, mire me acuerdo y ya estoy llorando otra vez, sigo muy emocionada”, recuerda. “Después de colgar todavía seguía llorando de felicidad y le decía a mi bebé de un año: ‘¡va a venir tu abuelita!, le decía una y otra vez”.

Es la única que vive en Estados Unidos. Está casada con Víctor desde hace cuatro y son padres de Victoria, su hija que tiene poco más de un año. Vive en la ciudad de Whittier, una ciudad del condado de Los Ángeles y ocasionalmente trabaja en una lonchera como cocinera. Gaby tiene 16 años de haber salido de Uriangato y diez sin ver a sus padres y hermanos.

“Una vez me arriesgué a regresar porque me llamaron de mi casa porque mi mamá se puso muy grave, los médicos no daban un buen pronostico así que no lo pensé y fui, pero entonces no estaba casada ni era madre”, relata. “Eso es duro y más porque ya lo viví, me quedé siempre con la angustia de que me llamen y recibir esa noticia de alguno de mis padres o hermanos”.

La posibilidad de que volviera a ver a Teresa Ruiz, su madre, estaba tan lejana como la realidad misma de que se firme pronto una reforma migratoria.

“Mi mamá no se atrevía a ir sola a tramitar la visa, es muy nerviosa, y el hecho de lidiar con eso y viajar sola, le aterraba. Se animó porque iba en grupo y porque viajará con ellos”, dice. “Además tengo un hermano con síndrome de down, a quien también me hubiera gustado verlo y mi mamá nunca lo ha dejado solo, hasta ahora que viene a verme”.

Gaby tiene casi todo listo. “Trabajo solo algunas veces, pero ya les dije que a partir de la próxima semana ni me llamen. Voy a limpiar bien mi casa, arreglar el cuarto donde se quedará mi mamá, comprarle sus cosas personales como su toalla de baño, para que se sienta como en casa”.

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Manuel y sus dos hermanos

Los tres hijos de Luz Granados decidieron hacer vida en Estados Unidos. Desde que les dio la bendición, no volvió a verlos.

Manuel, Felipe y Alejandro no han vuelto a Uriangato desde que cruzaron la frontera.

“Estamos muy emocionados, ya con todos los preparativos para recibir a mi mamá”, dice Alejandro, el que menos tiempo tiene de verla, 11 años.

Felipe, el único soltero de los tres, tiene 16 años en este país y Manuel, el primero que emigró, 27.

“Yo creí que nunca volvería a verla, y ahora que veré por lo menos a mi mamá, si me da un gusto tremendo”, platica Manuel. “Uno no se olvida de ellos, pero el trabajo y las responsabilidades lo atrapan a uno aquí, además arriesgarse a cruzar la frontera ya no es una decisión tan fácil cuando tienes una familia que dependen de ti”.

Manuel está casado con una ciudadana pero no ha podido documentarse legalmente. Tiene seis hijos y trabaja como mesero.

“A mi papá es al que será muy difícil volver a verlo”, dice con cierta tristeza. “Está muy enfermo, tuvo cáncer y es difícil que pueda viajar y aquí, usted ya sabe, no hay nada de una reforma, ni una ley para arreglar los papeles”.

En casa de Alejandro, Tere su esposa, ya tiene el espacio asignado para su suegra. Le dejarán el cuarto donde duerme su hijo de 6 años.

“Ya la estamos esperando con mucha emoción, le digo a mi hijo, que es el mayor porque tengo una bebé un año 5 meses, que se debe portar bien porque su abuelita va estar aquí con nosotros y debe ser obediente”,  comenta Tere.