Sin alfeñique no hay Día de Muertos

De Gama Reyes

Quienes crecieron en Guanajuato, seguro lo que más recuerdan de sus pueblos, es la gran vendimia de alfeñiques que se mezcla con los puestitos de flores de cempasúchil. El Día de Muertos es una tradición que está cada día más viva. Anita Serrano cuenta su historia.
Viajar de un país a otro por el puro gusto de mantener vivas las tradiciones mexicanas.

Ésa es la historia de Anita Serrano que, con todo y su artritis, sigue amasando el azúcar glas, el limón y de más ingredientes que dan forma a los anhelados alfeñiques. Sin esos dulces, las festividades del Día de Muertos no serían las mismas.

Podría decirse que la venta de productos alusivos a los festejos de la muerte en la ciudad, ha estado presente a lo largo de la historia de la familia de Anita. Desde que tiene memoria, ya correteaba entre los puestecitos del tianguis de temporada que se pone a un lado del Mercado de la Soledad.

Ése que se instala en la calle Soledad, donde hasta la fecha podemos encontrar la flor de cempasúchil, el papel picado y todo para el altar de muertos. Lo mismo pasa cuando a diciembre ya lo tenemos a la vuelta de la esquina y con ello la vendimia de escarcha, serpentina, velitas y todos los elementos que conlleva la realización de una posada.

En ese lugar fue donde ella y sus hermanas aprendieron la técnica para lograr la consistencia que debe tomar la mezcla de azúcar glas para lograr un buen alfeñique. Pero ahí estuvieron hasta 1994, cuando personal del Instituto de la Cultura los invitó a ser los pioneros de la Feria del Alfeñique.

“Este dulce es de limón y tenemos de almendra y aquel es dulce hueco y todo lo trabajamos nosotros. Somos artesanos que hacemos cada quien su mercancía: el señor hace su dulce, nosotros este y cada quien; hay gente que se dedica a hacer puro (dulce) de hueco como la señora de enfrente que es artesana de barro. Así cada quien hace su trabajo”, relata.

Al inicio, la madre de Anita dudó del éxito que les prometían con la primera edición de esa feria, pero aceptaron el riesgo de entrarle a un proyecto que podría fracasar, perdiendo su lugar en el tianguis donde ya tenían la venta segura. Sin embargo, desde la primera vez se dieron cuenta que la congregación de artesanos del alfeñique había llegado para quedarse.

“La verdad ya vendíamos en el Mercado de La Soledad y de ahí la Casa de la Cultura pasó a invitar gente. Pero al inicio decíamos ¿y si no se vende? Pero gracias a Dios nos ha ido bien porque nos organizaron, trajeron carpas pintaron nuestros locales y todo bien organizado y cada quien adorna como quiere”, recuerda con la seguridad de alguien que tomó una buena decisión.

Ahí entendió que sin alfeñiques no hay Día de Muertos y sin una fecha como ella, México queda incompleto. Lo que no sabía, es que por azares del destino tendría que alejarse de las tierras que la vieron crecer. Apenas habían pasado cinco años de haber mudado el puesto, cuando le dijeron que tenía que ir a Los Ángeles, California por asuntos familiares.

Durante sus primeros dos años en esa ciudad, la contrataron para planchar vestidos de novia. Diariamente tenía que dejar sin arrugas hasta 60 ejemplares. Fue en ése lapso cuando comenzó la artritis que le ha restado movilidad en sus manos, pero no la suficiente para acabar con sus ganas de mantener viva una tradición que allá en donde vive, pasa prácticamente desapercibida ante la repercusión del Halloween en las familias estadounidenses. Desde entonces va y viene a la Feria del Alfeñique.

“Nos sentimos todos a gusto siguiendo las tradiciones y yendo al panteón a visitar a nuestros muertos, nuestros difuntos. Ir a misa, mandarles decir misas o una veladora y en su casa le hacen un rosario y una cenita, un atolito y nos sentimos a gusto. Allá no hay nada de eso por eso es que me gusta venir cada año a vender y ser parte de esta festividad”.

Parada en uno de los más de cien puestecitos que ofrecen tazas con forma de cráneo, esqueletos danzarines de cartón, figuras de barro, pan de muerto, papel picado, canastas miniaturas y de más artículos tradicionales del Día de Muertos, confiesa que además de las costumbres mexicanas, lo que más le gusta de vender es lo divertido que resulta.

“Pásele, si no trae dinero ahí después… después compra. Anímese que son sus últimos muertos… de este año”, bromea con los clientes para demostrar que pese a tener una vida en el otro lado de la frontera con Estados Unidos, no le avergüenza gritar y seguir los consejos de su madre en lo que a la venta de tianguis se refiere.

Y con la misma sonrisa con que invita a la gente a comprar sus productos, asegura que mientras tenga que seguir viviendo en Estados Unidos, seguirá cruzando la frontera para vivir una tradición que podrá recordar con orgullo en California, mas no experimentarla en carne propia y formar parte de ella como lo hace al ser parte de la Feria del Alfeñique.
Para tomar en cuenta

La Feria del Alfeñique se encuentra en los alrededores de la Fuente de los Leones.

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