Transformando comunidades

Lucero Amador

Armando Solís es migrante. Tiene 42 años de edad y es ingeniero civil. Es presidente de un club migrante y de la Federación de Guanajuatenses de Norteamérica. Tenía doce años cuando se lo llevaron de Huanímaro pero nunca se olvidó de su pasado, ni de su comunidad. Con su liderazgo y el trabajo de sus paisanos en California, han logrado conseguir apoyos del gobierno para cambiar la imagen de su comunidad y mejorar la calidad de vida de quienes las habitan. Esta es su historia.

Cuando Armando Solís tenía doce años, sus papás decidieron dejar la pequeña comunidad de Ojos de Agua para comenzar una nueva aventura en Estado Unidos.

Huanímaro (Guanajuato) quedó atrás pero no en el olvido.

“Recuerdo que yo estaba muy triste porque dejaba mi escuela, mi familia, mis amigos y mi pueblo donde tanto me divertía”, recuerda. “Me llevaron llorando porque dejaba todo sin saber que me esperaba”.

La nueva vida en Santa Ana (California) –donde llegó a vivir-, las costumbres, las aventuras que da el vivir en un país de primer mundo, nunca cortaron de raíz el apego a la pequeña comunidad donde radican unos 700 habitantes.

Cada vez que Armando volvía de vacaciones a Ojos de Agua y a El Novillero – comunidad contigua que pertenece a Abasolo pero que solo los divide una calle – el tiempo parecía ir con la más abrupta lentitud.

Su escuela llamada República de Argentina, la única primaria en la comunidad, poco había cambiado, al menos las aulas móviles le daban otra vista pero seguía igual de polvorienta como algunas de las calles que la rodeaban.

Pero esa pasividad no reinaba en Santa Ana, una ciudad localizada en el condado de Orange, donde una gran mayoría son latinos. Ahí Armando se involucraba en las actividades estudiantiles de su escuela, en el deporte y la constante lucha de todo inmigrante por lograr y alcanzar sus metas en un país donde la inmersión lleva su tiempo. Pero él traía un liderazgo nato.

Con la idea de superación que sus padres le habían forjado y lo que había visto en sus esfuerzos por darles una vida mejor, cuando concluyó sus estudios de preparatoria, ingresó a la universidad de donde logró titularse como ingeniero civil.

“Mis papás siempre nos mantuvieron, a mis hermanos y a mí, con ese apago a nuestras raíces, pero no era solo el hecho de volver al pueblo, sino a mantenernos unidos con la gente del pueblo que vivía aquí”, cuenta.

En esas reuniones, la comunidad que habían dejado por uno o dos años o décadas atrás, eran el tema principal: primero los recuerdos, las añoranzas y la nostalgia de la infancia, luego venían a relucir las carencias que pasaban los que nunca salieron del pueblo.

Armando, relata, que siempre fue líder para organizar eventos de la escuela y conseguir dinero para algún objetivo del grupo de estudiantes. Una experiencia que puso en práctica cuando comenzó a involucrarse más en el tema de los apoyos para las comunidades de Ojos de Agua y el Novillero.

Todos sus integrantes, trabajan una vez al mes, para organizar una kermés de donde recaudan dinero para brindar apoyos. De ese esfuerzo, salieron recursos para construir lo que todos conocen como el Centro migrante, que desde hace unos meses funciona como Centro Impulso Social.

Al club de migrantes, les fue donado un terreno y ellos construyeron un edificio de dos plantas. La Secretaria de Desarrollo Social y Humano (Sedeshu), ofreció su apoyo por lo que ahora el lugar es administrado por dicha dependencia y se otorgan una gran cantidad servicios no solo a esa comunidad si no a la gente que llega de otros lugares cercanos.

“Nosotros nos sentimos muy orgullosos de lo que hemos logrado”, dice Armando. “Ha sido una tarea conjunta porque todos los que somos integrantes del club trabajamos bastante, esta es nuestra aportación y nuestra muestra de cariño al lugar de donde somos”.

El trabajo de los migrantes, ha sido secundado con el apoyo del Ayuntamiento liderado por el alcalde Oscar Chacón, Diego Sinuhé Rodríguez, titular de la Sedeshu y Susana Guerra, directora ejecutiva del Instituto Estatal de Atención al Migrante y sus Familias, con quienes han trabajado a través del Programa 2×1.

Hace dos semanas, una comitiva del club estuvo en Huanímaro para entregar calentadores solares a familias de bajos recursos, inaugurar los trabajos de pavimentación de una calle y ver el impresionante cambio de la escuela República de Argentina, su escuela, donde por décadas estuvo en el olvido.

Ahora luce distinta. Tienen cuatro aulas nuevas, modernas, una cancha de basquetbol, un comedor con sombra y patio pavimentado que en poco tendrá un techo.

“Estos resultados nos motivan. Queremos seguir colaborando ayudar a la gente del pueblo y ver esas diferencias cuando regresamos a nuestra comunidad”, mencionó.